martes, 26 de julio de 2011

BRETTON WOODS

por Ruiz Pereyra Faget

Entre el 1 y el 22 de julio de1944, se realizó en la localidad de este nombre, en las colinas boscosas de New Hampshire, la Conferencia Monetaria Internacional más importante del siglo XX.

La Segunda Guerra Mundial entraba en su fase final: las tropas aliadas habían abierto el segundo frente en Normandía, el Ejèrcito Rojo había liberado el territorio de la URSS y se acercaba a Varsovia, Sicilia era liberada y la aviación estadounidense intensificaba sus bombardeos en las islas del Pacífico ocupadas por los japoneses. El 20 de julio fracasó un atentado contra Hitler que mostró fracturas internas dentro de la Wehrmacht.

En la Conferencia participaron 44 países pero el debate, sobre el sistema monetario internacional que debía regir en la postguerra, se centró en dos proyectos antagónicos presentado uno por la delegación británica, encabezada por el economista John Maynard

Keynes, y el otro por la delegación de Estados Unidos, presidida por el jefe de Investigaciones del Departamento del Tesoro, Harry White.

El proyecto de Keynes tenía muy pocas posibilidades de fructificar porque el poder de la libra esterlina era cosa del pasado mientras que el dólar tenía detrás la enorme fortaleza de una economía que poseía la mitad del producto mundial y el 80% del stock de oro. La industria norteamericana, convertida en el “arsenal de la democracia”, había experimentado un crecimiento gigantesco, mientras la británica había sido devastada por los bombardeos. Alemania, Japón y la Francia ocupada eran naciones enemigas. La “Francia Libre”, presidida por el General De Gaulle, con sede en Londres, estuvo representada a título de “observadora”, por Pierre Mendès-France.

El objetivo del plan de Keynes era evitar que un país poderoso económicamente como Estados Unidos, se convirtiera en un acreedor rodeado de países deudores por el desbalance de su comercio exterior. Representaba a un gobierno con integración bipartidista pero presidido por un primer ministro conservador, -Winston Churchill- defensor tenaz del Imperio Británico cuya desintegración en la postguerra era inevitable.

Para Keynes ese riesgo (la hegemonía financiera norteamericana) podía evitarse si existiese un organismo internacional, con poder emisor de moneda y capacidad para controlar tanto los déficits como los superávits comerciales. La institución que propuso con esas competencias, fue la “International Clearing Union” (Cámara Internacional de Compensación). Las transacciones comerciales serían medidas en una nueva moneda, el “bancor”. Cada país tendría en este “Clearing” una cuenta en bancor de su movimiento comercial y tanto los superávits como los déficits serían gravados por un impuesto. Este gravamen llevaría a los países con déficit a estimular la producción y a los países con superávit a gastar más de tal modo que el sistema general llegara al equilibrio. El valor de la nueva moneda estaba referido a los precios de 30 productos básicos, incluyendo el oro. Keynes se oponía al patrón oro, como única base, considerando a este metal como una “reliquia bárbara” que, en tiempos de recesión, al contraer la circulación monetaria, `pr si salida para los pagos, profundizaba la crisis.

Estados Unidos, con el poder que tenía su economía, no podía aceptar este proyecto e impuso el suyo: el dólar como divisa universal, comprometiéndose a cambiar su papel por oro, a un tipo de cambio fijo de 35 dólares la onza troy, si los gobiernos en algún momento, lo deseaban. Y para evitar que los déficits frenaran el flujo comercial, propuso la creación de un fondo monetario que otorgaría “prestamos de estabilización”, a los países que lo necesitaran. Así nació el Fondo Monetario Internacional al que se agregó el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento.

El nuevo papel asignado al dólar, le dio un enorme poder a Estados Unidos para desarrollar su política imperialista: la creación de la OTAN y de bases militares en todo el mundo; las guerras coloniales como la de Vietnam; la compra de las industrias fundamentales en Alemania y Japón; la intensificación de la penetración de sus monopolios en América Latina.

La anécdota trágica de este acontecimiento es que el autor del sistema monetario –Harry Dexter White- que le dio tal poder al imperialismo norteamericano, fue acusado por el FBI y la Comisión Mc Carthy, en 1948, de ser un agente de la Unión Soviética. En ese momento, White era Director del Fondo Monetario Internacional, designado por el Presidente Truman, y el impacto de la acusación le provocó un ataque cardíaco que terminó con su vida, cuando regresaba a su domicilio después de comparecer en una audiencia de la Comisión de Actividades Antinacionales del Congreso, que presidía el mencionado senador de Wisconsin.

Pero el gasto exacerbado de Estados Unidos no podía durar eternamente. La distancia entre la abundancia de billetes verdes que circulaban en todo el mundo y el oro que debía respaldarlos cada vez era más grande. Pronto los especuladores con activos financieros advirtieron los hechos, surgiendo un mercado negro con un precio del oro superior al oficial.

En 1958, la Unión Europea de Pagos estableció la convertibilidad de sus monedas en otras no europeas para las transacciones realizadas en sus cuentas corrientes. Era un éxito del Sistema de Bretton Woods, pero solo en apariencia, pues aparecían signos inquietantes: ese mismo año, el superávit de la balanza de cuenta corriente de Estados Unidos, se deterioró dramáticamente, instalándose por primera vez el déficit, tendencia que se acentuará en los años siguientes.

En noviembre de 1960 las elecciones presidenciales llevaron a la Casa Blanca, al candidato del Partido Demócrata, John F. Kennedy que sucedería a ocho años de gobierno republicano. La campaña electoral estuvo dominada por la crisis del oro que, en el mercado negro pasó la barrera de los 40 dólares mientras el déficit de la balanza de cuenta de EE.UU. corriente, se ensanchaba. La política interna y externa del nuevo presidente era aumentar el gasto público en todas las áreas. Para instrumentarlo se rodeó de un calificado equipo de economistas neokeynesianos, presidido por John Kenneth Galbraith.

La crisis fue conjurada, momentáneamente, mediante la creación de l “Pool del oro”, integrado por diez países, en 1961. No obstante, el gobierno francés veía con desconfianza las políticas de Kennedy así como el intento de los monopolios norteamericanos de controlar la naciente industria informática francesa y europea.

El gran campanazo contra esta “piratería monetaria” lo dio, precisamente, el Presidente galo, Charles De Gaulle, en su famosa conferencia de prensa del 4 de febrero de 1965.

El mandatario francés dijo: “El hecho de que muchos Estados hayan aceptado dólares, con valor equivalente al oro, permitió a Estados Unidos financiar con su moneda el déficit de su balanza de pagos y a endeudarse gratuitamente con otros países. En efecto, pagan sus deudas con dólares que emiten en lugar de pagar con oro, cuyo valor es real y del que no pueden desprenderse sin riesgos y sin sacrificio. Este privilegio unilateral que tiene Estados Unidos ha contribuido a difundir la idea de que el dólar es una moneda internacional imparcial, cuando en verdad es un instrumento de crédito de un Estado”. “Evidentemente, esta situación tiene otras consecuencias. Mientras Estados Unidos queda exonerado de seguir las reglas rigurosas que antes regulaban los balances negativos de la balanza de pagos, las otras naciones deben cumplirlas estrictamente. De esta manera, Estados Unidos puede exportar dólares, es decir inflación, bajo forma de capitales a préstamo a Estados o a particulares fuera de sus fronteras. Como el aumento de la circulación fiduciaria, colocada dentro de sus fronteras, a Estados Unidos le rinde menos, aparece la propensión creciente de invertir en el extranjero. En consecuencia, para algunos países, ello representa la expropiación de algunas de sus empresas”.

Seguidamente, el General hzo un llamado a los países cuyos bancos centrales tenían abultadas reservas en dólares a cambiarlas por oro porque iba a llegar un momento en que Estados Unidos no podría mantener su conversión fija de 35 dólares la onza de oro y tendría que devaluar, hecho que ocurrió el 15 de agosto de 1971, cuando el Presidente Nixon decretó la flotación del dólar y se disparó el precio del oro y el estancamiento con inflación (“Stagflation”) en el mundo con el meteórico aumento de los precios del petróleo (década de los 70’).

Al comentar los dichos de De Gaulle en la conferencia de prensa referida, la revista “Time”, en su edición de 11 de febrero de 1965, expresó que “nunca en el pasado un país amigo de Estados Unidos había lanzado contra él un ataque tan duro”, aunque no rebatió los argumentos del gobernante francés.

Sin embargo, en el campo académico, se reavivó la polémica entre partidarios y adversarios del patrón oro. Entre los primeros, adquirió notoriedad la posición del economista Jacques Rueff, asesor del General De Gaulle.

En el libro “La época de la inflación” (1963), en el capítulo VI que titulo “El pecado monetario de Occidente”, Rueff expresa lo siguiente: “Durante largos períodos, a pesar de la libertad de los comportamientos individuales, los precios se han mantenido estables y equilibrados los mercados y las balanzas de pago”.

“Para medir la improbabilidad del equilibrio de la balanza de pagos basta imaginar el número y la diversidad de las decisiones que contribuyen a formarla. Si estas decisiones son libres, en la medida en que lo son en nuestro país desde que no existen contingentes de importación, el equilibrio no puede ser un producto del azar. Si existe, es que un mecanismo apropiado trata de establecerlo”.

“Este mecanismo puede tomar diversas formas, según se encuentre en régimen de moneda inconvertible de cambios oscilantes o en el de moneda convertible de cambios estables. Este último caso era el de las monedas metálicas, bajo la forma que tenían antes de la última guerra, es decir, monedas libremente convertibles en lingotes de oro con arreglo a tasas ya fijadas. En este sistema, el equilibrio de la balanza de pagos estaba asegurado directamente por efecto de las transferencias de capacidad adquisitiva a que daba lugar todo desequilibrio de los compromisos exteriores. Cuando la balanza estaba en déficit, la compra del oro o de las divisas necesarias para saldar el pasivo provocaba, en la proporción adecuada, reabsorción de la capacidad adquisitiva en el país deudor. La capacidad adquisitiva global, o sea el volumen de las rentas, se hacía inferior al valor global de la producción, lo cual liberaba para la exportación las riquezas aptas para restablecer el equilibrio de las balanzas de pagos, y provocaba, eventualmente, los movimientos de precios que permitían exportarlas”.

Rueff se refiere luego a la sustitución del patrón oro por el cambio de divisas por oro –“gold exchange standard”, que fuera adoptado por algunos países después de la Primera Guerra Mundial y después de la segunda conflagración en Bretton Woods”, en beneficio exclusivo del dólar: “De esta forma, el gold-exchange-standard ha realizado la gran revolución de proporcionar a los países provistos de una moneda prestigiada internacionalmente el secreto maravilloso del déficit sin lamentaciones, que permite dar sin tomar, prestar sin tomar prestado y comprar sin pagar”.

“El descubrimiento de ese secreto ha modificado profundamente la psicología de los pueblos al atenuar o suprimir en esos países las consecuencias internas que el patrón oro ligaba al déficit de las balanzas de pago”.

Pero la eliminación del patrón oro acarrea tres consecuencias: A) Elimina la pérdida de poder adquisitivo del país deficitario, pues éste debe ser saldado con salida de metal; por el contrario con el nuevo régimen el volumen global de la capacidad adquisitiva no resulta afectado, pero la expansión del crédito provoca inflación que reduce la capacidad adquisitiva interna del país deudor; B) “En el régimen de gold-exchange-standard todo déficit de la balanza de pagos de un país cuya moneda es devuelta, por los Bancos de emisión que la reciben, a su punto de partida (Estados Unidos y, en el interior de la zona de la libra esterlina, Inglaterra) produce una verdadera duplicación de las bases del crédito en el mundo, con la reserva, naturalmente, de las variaciones concomitantes que se puedan producir en los demás conceptos del balance del Banco receptor” (…) “Los movimientos de capitales norteamericanos hacia Alemania y Francia de los años 1958, 1959 y 1960 han provocado de la misma manera un aumento excepcional de las disponibilidades, causa de unas alzas anormales de las cotizaciones en los mercados financieros, de la falta de mano de obra y de una fuerte tendencia a la subida de precios”. “En los períodos de movimientos de capitales de los países de moneda clave hacia los de moneda no privilegiada, la coyuntura puede ser expansionista en éstos sin dejar de serlo en los otros. Los primeros arrastran a los segundos—en los que nada tiende a frenar el boom— y el conjunto de países afectados por el gold-exchange-standard se encuentra impulsado, mientras duran las migraciones de capitales, por una potente ola de expansión, económica o bolsística, de tendencia inflacionista”. C) “Pero la consecuencia más grave del gold-exchange-standard está en el carácter engañoso de la estructura de crédito que engendra”. “En el mensaje antes citado (enero de 1961), el presidente Kennedy ha indicado que a fines de 1960 los diecisiete mil quinientos millones de dólares que constituían la reserva de oro de los Estados Unidos eran la garantía, por una parte, de los veinte millones de dólares de los depósitos extranjeros a corto plazo o a la vista, y por otra, de los once mil quinientos millones de la circulación monetaria interna”. “El análisis precedente no pone en duda el valor del dólar. Sin embargo, obliga a reconocer que la aplicación del gold-exchange-standard en los momentos de grandes movimientos de capitales ha establecido una doble hipoteca sobre una fracción importante de las existencias de oro de los Estados Unidos. Si los extranjeros poseedores de importantes cantidades en dólares pidiesen el pago en oro de una parte importante de sus créditos, podrían provocar un auténtico hundimiento del edilicio del crédito de los Estados Unidos”.

En una posición opuesta a Rueff, estaba el economista belga-estadounidense, Robert Triffin (“El oro y la crisis del dólar”, 1960) que defendió los déficits de la balanza de pago norteamericana como una forma de mantener la liquidez mundial de dinero de reserva (dólares) pero, sin embargo, señaló en un informe al Congreso, a comienzos de los 60 que esta política tenía un lado negativo, lo que planteaba un “dilema” que era necesario resolver: el aumento del déficit de la balanza de pagos de Estados Unidos llevaría a una debilidad progresiva del dólar y, en consecuencia, a la pérdida de confianza en esta moneda como activo de reserva de los bancos centrales.

El plan de Triffrin para resolver esta contradicción, consistía en crear un tipo de liquidez pero bajo control internacional y no nacional. En una ptimera etapa, Estados Unidos transfería sus balances de cuenta corriente al Fondo Monetario Internacional, que los registraba en una cuenta a favor de EE.UU. Luego era necesaria una reforma de la Carta del FMI que sustituyera las cuotas de cada país por depósitos de sus reservas de los cuales una parte sería convertida en oro. La reforma debía conferirle al FMI las mismas competencias que tenía el Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos, de emitir moneda.

El núcleo de la argumentación de Triffin, como la de Keynes, es que el sistema monetario internacional debía ser regulado por un organismo internacional. Era la garantía de estabilidad, según el economista belga, de que la emisión de billetes fuera el equivalente del intercambio mundial de mercancías.

El dilema y la solución a éste, propuesta por Triffin, ha adquirido actualidad en la presente crisis monetaria, con la posición adoptada por los países del BRIC -Brasil, Rusia, India y China- y particularmente, de este último país.

El 23 de marzo de 2009, el Presidente del Banco Popular de China (Banco Central),

Zhou Xiaochuan,, publicó en el sitio web del Bamco. un estenso artículo en el que expresaba que Keynes fue un “visionario” y que debía instaurarse una moneda global para resolver el “dilema de Triffin”. Zhou propuso utilizar, con ese fin, los Derechos Especiales de Giro (DEG), que ahora son empleados por el FMI como moneda de cuenta, pero “pegado” a una canasta de monedas, integrada por el euro, la libra esterlina, el yen japonés y el dólar. La nueva moneda también debería ser adoptada para regir las transacciones internacionales de las empresas comerciales y financieras privadas.

De inmediato, el Presidente Obama en un discurso radiotelevisado, rechazó la propuesta de Zhou expresando que las dificultades de Estados Unidos son coyunturales y que en el largo plazo el dólar es una moneda fuerte porque la economía de Estados Unidos es la más grande del mundo. En términos similares se pronunciaron el Secretario del Tesoro, Timothy Geitner, y el Presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke.

Los expertos norteamericanos están convencidos que la propuesta del Presidente del Banco Central de China –que no ha sido refrendada por el Presidente Hu Jintao ni por el Primer Ministro, Wen Jiabao- forma parte de una agresiva campaña para modificar la integración del Directorio del Fondo Monetario Internacional ya que un cambio abrupto de moneda de reserva, afectaría los voluminosos activos financieros de Estados Unidos –cerca de un billón de dólares solo en bonos del tesoro-, y revaluaría el yuan, reduciendo la competitividad de sus exportaciones en un momento de crisis mundial.

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